Relato: Historia de una piedra

Nací hace trescientos millones de años. Eso es mucho más tiempo del que puedo recordar. Los días se difuminan en mi memoria en un letargo infinito. ¿Qué queréis saber de mí? No es fácil ser una piedra. Desde mi perspectiva, el mundo apenas ha variado, atrapado en una instantánea aburrida, falta de chispa y originalidad. Al menos así era, hasta que crucé mi camino con el hombre. Ésta es la historia de un encuentro que cambiaría mi vida para siempre.

El día había amanecido como muchos otros. Sin rastro de viento. El dulce calor de los rayos solares llevaba varias horas tostando mi áspera piel. Eso me gustaba. Me hacía recordar mis primeros tiempos, cuando yo no era más que una simple roca ígnea. Me concentré en la cálida sensación, antes de que el frío y la noche la borraran de un plumazo. Llevaba viviendo del mismo modo demasiado tiempo, en una posición inalterable entre dos pedruscos mucho más grandes que yo, con un perfil de cara al cielo y otro al suelo, como metáfora de la eterna dualidad de caracteres.

De pronto, un ruido extraño atrajo mi atención. Se trataba de un sonido animal, aunque distinto a cuantos retenía en mi memoria. A lo largo de los siglos he podido registrar incontables de ellos: desde el sobrecogedor rugido de las entrañas de la tierra, hasta el sedoso aleteo del colibrí. Éste, en cambio, era nuevo y especial: un crujido vacilante. Me dio la sensación de que el ser que lo producía andaba perdido. Escuché su respiración jadeante al otro lado de mi parapeto natural. Aspiraba el aire, sondeando al viento, en un intento vano de reconocer algo familiar que le orientara de nuevo. En un momento dado, saltó desde detrás de mi posición y fue a darme de lleno. Noté todo el peso de su calloso pie sobre la rugosidad de mi cuerpo. El golpe me hizo rodar, apartándome unos centímetros del que fuera mi cobijo durante eones.

No grité. Él sí lo hizo. Lanzó un exabrupto ininteligible que sonó a dolor y desdicha. Fue entonces cuando lo vi. Estaba justo enfrente de mí. Una criatura desaliñada, andrajosa y espantosa. Rudimentaria en todos los aspectos. Se irguió sobre sus patas traseras y me miró desafiante, buscando aquello que le había hecho gritar. Noté un atisbo de inteligencia en sus ojos. Inteligencia arrogante. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y el miedo me atrapó.

Se acercó con resolución y me agarró con su mano. A pesar de la rudeza de su aspecto, noté enseguida la suavidad de sus dedos. Creí que me estamparía sin miramientos contra el suelo, pero, en cambio, me elevó con primitiva delicadeza y me inspeccionó más de cerca. Nunca antes había sentido nada igual. Mi naturaleza estática me privaba del dominio de mi cuerpo. No soy más que un polizón del destino. El vértigo se apoderó de mí, pero aguanté con estoicismo. Me dio la vuelta, sopesó mi consistencia mediante repetitivos lanzamientos al aire y me hizo cosquillas con su dedo, tratando de medir mi dureza. Yo callé, deseando a la vez que todo pasara y que no cesara jamás. Al rato pareció satisfecho. Respiré tranquila, pensando que me depositaría de nuevo en el suelo; sin embargo, me guardó en su zurrón, una especie de tripa de animal que olía a mil demonios, y entonces el mundo se tornó negro.

Así pasé un breve espacio de tiempo. No sabría decir cuánto, pues su medición siempre me ha causado indiferencia. El bamboleo de su andar errático me hacía rebotar dentro del saco, provocándome una profunda somnolencia. Así que me dormí.

Desperté en un sitio oscuro, frío y que emanaba un olor almizclero. Una exótica mezcolanza de carne, humedad y confinamiento. Noté enseguida la presencia de seres vivos a mí alrededor. No los veía, así que supuse que ellos a mí tampoco. Entonces sonó algo que me puso en alerta. Un chasquido familiar que se propagó por las paredes de la estancia. Se trataba de dos rocas de pedernal colisionando la una contra la otra. Sentí dolor por mis compañeras. Ellas, a su vez, expresaron su malestar con etéreas chispas anaranjadas. La fricción de los impactos se convirtió en fuego. Y el fuego en luz.

De pronto, el espacio se inundó de realidad. A mí alrededor pude ver tres figuras humanas. Reconocí a una de ellas. Era el hombre que me había liberado de mi anquilosamiento. Parecía más relajado que en nuestro primer encuentro, seguramente por el hecho de haber encontrado al fin aquello que fuera buscando. Las otras dos figuras estaban a su lado. Parecían femeninas. Una más grande y otra mucho más pequeña. Se notaba que los tres eran familia. Yo ya había visto muchas clases de familias, y ésta, en el fondo, no era distinta a las demás. Todas tenían un único fin: la persistencia en el mundo.

El humano dejó a mis pétreas hermanas a un lado y se calentó las manos en el fuego recién encendido. Mediante un gesto, invitó a las mujeres a unirse a él. Aproveché la ocasión para echar un vistazo a mí alrededor. Me encontraba en un relieve plano, a pocos centímetros del suelo, junto a un elemento que no había visto en mi vida. Me llamó la atención por la forma tan cuidada que tenía. Debía estar confeccionado. Tenía partes de hueso, madera y piedra. No me dio tiempo a aventurar su función porque, aquel hombre, dejó el fuego y me agarró de nuevo con presteza. Me envolvió en una tela para evitar mi contacto con su piel y, con la otra mano, sujetó aquel artefacto. No supe con qué fin hasta que recibí el primer impacto. Se pasó golpeándome con aquello un buen rato. A veces con fuerza, a veces delicadamente. Pronto fui consciente de que mi ser tomaba una apariencia distinta. Partes de lo que antes había sido yo saltaban en pedazos, desperdigándose por el suelo y perdiendo el nexo de unión conmigo. No las eché de menos. Me fijé en aquel hombre y en la sorprendente decisión que le había llevado a golpearme con dureza. Tenía sus ojos clavados en mí. Inquisitivos, colmados de propósito. Me dejé llevar. Sus manos trabajaban con diligencia. Se notaba que no era la primera vez que hacía tal cosa. Me maleaba al ritmo de un soniquete acompasado, casi hipnótico, hasta que se detuvo de golpe. Me miró detenidamente y expiró su aliento en mi superficie, haciendo que las últimas esquirlas que se aferraban a mi cuerpo se perdieran entre los remolinos de las llamas. Sonrió satisfecho.

¿En qué me había convertido? ¿Qué era yo? Mi figura se había vuelto mucho más esbelta y estilizada, pero no le encontraba sentido.

Sin mediar palabra, la mujer mayor nos acercó un conejo muerto. Todavía conservaba algo de calor en su interior. El hombre dejó la herramienta con la que me había perfilado y agarró en su lugar al pobre animal. Fue entonces cuando lo supe, con el primer impacto. El crujido de los huesos de sus patas me transportó a una realidad que nunca antes había experimentado. Rápidamente, sus manos expertas me empleaban en uno u otro lugar. Ahora despellejando, ahora machacando. Me había convertido en una herramienta. Por primera vez en mi vida servía para un propósito. Me había pasado millones de años como mera comparsa de un mundo que no sentía propio y del que ahora, en cambio, era partícipe. La sangre tibia del conejo me chorreaba por los poros, en alegoría a las lágrimas de felicidad que era incapaz de generar. Al cabo del rato, el trabajo acabó. El hombre me sumergió en un cuenco con agua tibia y limpió mis heridas, dejándome reluciente de nuevo. Después, me depositó en una repisa. Todo lo siguiente se me confunde en la memoria, de la que sólo soy capaz de extraer someros trazos. Recuerdo el exquisito olor de la carne tostada que nunca probaré, recuerdo el ronroneo juguetón de la fémina complacida por el estómago lleno, pero, sobre todo, la risilla tonificante de la infante. Era como un soplo de aire fresco que se llevaba cualquier atisbo de temor, llenando de alegría cada rincón de aquel santuario.

Así pasé unos buenos años. Un tiempo efímero comparado con mi brutal existencia, pero que me había permitido experimentar una faceta de mi vida que yo no creía a mi alcance. Pero todo lo bueno acaba terminando. Y la familia, un buen día, no volvió jamás. Yo aguardé impotente durante décadas, anclada a mi naturaleza inmóvil, sobre la repisa que me había servido de hogar. Allí, junto a otras compañeras, lloré la soledad que me arropaba de nuevo. Nunca supe qué fue de ellos. Quizá se los llevó el tiempo. Un tiempo que no corría de igual manera para todos.

Pasaron muchas lunas hasta que volví a saber del hombre. Un hombre al yo ya había aprendido a olvidar y al que no estaba preparada para ver de nuevo. Aunque el encuentro fue fugaz, como una nota discordante en la monótona sinfonía en que se había convertido mi vida. Yo ya no descansaba en aquella repisa. Hacía mucho que su existencia se había evaporado, como la de aquella familia. El viento, la lluvia, la nieve, el frío, el sol, el agua, la noche y el hielo habían distorsionado tanto mi hábitat, que poco quedaba ya de aquellos años. Yo había descendido colina abajo, impulsada por el destino y a merced de los elementos que me gobernaban a su antojo. Entonces ocurrió. De nuevo.

A pocos metros de mi nueva posición, en una explanada más o menos uniforme, salpicada de una tersa hierba de verde impoluto a la que atravesaba un pequeño riachuelo de corriente revoltosa, dos hombres pugnaban por una herramienta que captaba toda su atención. Dejé a un lado el motivo de su disputa y me fijé mejor en ellos. Eran de figura mucho más delicada a los que yo recordaba. Más altos, más flacos y con la cabeza ligeramente más pequeña. Sus ropajes también eran completamente distintos. Mucho más elaborados. Los dos se me acercaron, forcejeando entre sí por el botín que mantenían agarrado entre sus manos. ¿Qué sería aquello que pretendían obtener con tanto celo? Cayeron al suelo y rodaron unos cuantos metros. La cabeza de uno de ellos fue a encontrarse conmigo. Molesto por el golpe, se giró, aunque no le quitó los ojos de encima al otro tipo, que ahora se encontraba sobre él, en clara ventaja ofensiva. El que estaba sobre el suelo empezó a desfallecer. Lo noté enseguida por el temblor de sus músculos y el sudor que le chorreaba por la cara. La expresión de su rostro era la viva imagen del miedo. El otro, mucho más resuelto, sonrió con vileza. Con un último empellón, se apoderó de aquello que codiciaban sus ojos y lo apuntó directamente a la cara del exhausto. Un sonido estridente restalló por la explanada. Yo me asusté. Acostumbrada al bramido de la naturaleza, ese estruendo no me tendría que haber hecho mella, pero lo cierto es que me cogió por sorpresa. No pasó así con el moribundo. Sabedor de lo que se le venía encima, hizo una cinta rápida, anticipando lo que quiera que hubiera salido disparado de semejante artefacto. Lo cierto es que lo consiguió. Sin su cuerpo de por medio, a escasos centímetros del mío, se fue a alojar un proyectil metálico que casi me parte en mil pedazos. Pude notar perfectamente la fiereza de su propósito por el calor que desprendía, en forma de enrabietada venganza. No me dio tiempo a más. Enseguida una mano me envolvió con celeridad y me alzó con resoluta intención. El agredido se tornó entonces en agresor y yo, de nuevo, en artífice del quebranto de huesos. El crujido sordo del cráneo del hombre me recordó mis tiempos en la cueva, cuando yo había disfrutado de mis años de bonanza. Aunque ahora los motivos eran bien distintos.

El cuerpo inerte de aquel hombre cayó sobre el primero, que se lo quitó de encima empujándolo sin pudor. Recogió el artefacto que les había llevado a la disputa mortal y se marchó sin echar la vista atrás. No dio ni tres pasos cuando advirtió mi presencia. Yo todavía permanecía en su mano, con hilos de sangre chorreando por mi piel y aterida por el shock. Creí percibir tristeza en sus ojos, cierta complicidad en su mirar al juguetear con la sangre aún tibia que me rezumaba por todas partes, pero me equivoqué. Con una mueca de asco, me lanzó bien lejos y ya no le volví a ver.

Fui a aterrizar con un chapoteo asíncrono. Justo en medio del arroyuelo que serpenteaba alegre y distraído por la explanada. El agua pronto me cubrió por completo. El mundo, otrora cristalino, se había tornado confuso, teñido de un viso blanquecino, fruto de la espuma que se arremolinaba en la superficie. Cerré los ojos por miedo, sintiendo la desagradable sensación claustrofóbica del agua inundándolo todo. Traté de calmarme, dejándome atrapar por el frescor vigorizante que recorría mi cuerpo. Poco a poco volví en sí y, entonces, la realidad me alcanzó. Empecé a meditar sobre lo que acababa de suceder. Preguntándome de nuevo por el sentido de mi vida. ¿Qué era yo sino un instrumento pernicioso, destinado a destruir todo aquello que tocaba? El torrente de agua, con testaruda parsimonia, respondía a mi plegaria limpiando mi piel de todo rastro homicida, llevándose mis penas y la sangre agridulce, sin reclamar pago a cambio. Pero eso no me bastaba. Entonces, el río me enviaba a sus pececillos curiosos, que se acercaran a mí en busca de algo que llevarse a la boca, tratando de distraerme de las heridas internas que me atenazaban. Pero eso no me bastaba. Enviaba pues, algas peguntosas que se adherían a mi superficie y me hacían cosquillas que me recorrían de arriba a abajo. Pero eso no me bastaba. Nada conseguía quitarme esa pregunta de la cabeza. Y junto a mis penas, me hundí en una profunda depresión entre las aguas cristalinas.

Así pasé un tiempo inconcebible. Cuando las penas no me ahogaban, miraba con obsesión el agua descender, en su viaje sin retorno camino de un destino desconocido. Ella, con infinita paciencia, y a espaldas de mi turbada conciencia, iba perfilando mi contorno, puliendo mis cantos y haciéndome, en conjunto, más redondeada. Anticipando un futuro que yo aún no contemplaba.

Hasta que llegó el día del golpe final. Después de un largo invierno que había copado las cumbres de nieve, la primavera hizo su trabajo. Los sólidos copos sucumbieron al embrujo de los rayos solares y se transformaron en líquido elemento. Irrumpieron con estruendo en los arroyos y los ríos, creando nuevas bajantes que horadaron la tierra.

Yo traté de resistirme a la corriente, pero era demasiado persuasiva. De nada sirvió agarrarme a mis hermanos, a mis hermanas, a los troncos y al fondo. La bravura de las aguas me arrebató la poca sujeción que me quedaba y fui arrastrada valle abajo, en busca de lo desconocido, exhausta y ahíta de vida, deseando con toda mi alma que mis días terminaran pronto.

No recuerdo el tiempo que pasó hasta que me aventuré a levantar, de nuevo, la vista al cielo. Entonces vi algo que me llamó mucho la atención. Junto a mi descansaba la mayor piedra que jamás había visto en mi vida. Un canto rodado descomunal. Majestuoso y perenne que, como yo, había rodado valle abajo hasta acabar frenando su inercia. Me sentí pequeña, mucho más pequeña de lo que ya era. Al lado de semejante titán, ¿cómo alguien podría volver a fijarse en mí? La sola idea de pasar el resto de mi vida eclipsada por tan singular coloso me llenó de desazón.

Tan ensimismada me encontraba en mi propia desdicha que no presté atención a las risotadas que se escuchaban al otro lado del canto rodado. El mundo reía a mis espaldas.

—¡Ahí! Mira, mamá.

No lo vi venir. Cuando me quise dar cuenta, una niña pequeña yacía a mi lado, en cuclillas, mirándome con sus grandes ojos curiosos. Empezó a dar vueltas a mí alrededor, sin quitarme la vista de encima. Me sentí incómoda.

—¡Mira qué bonita es ésta!

<<¿Sería posible? ¿Qué había dicho? ¿Se refiere a mí?>>, pensé.

Sin mediar palabra, la niña me cogió entre sus rechonchos dedos y me alzó en el aire. Sentí la tentación de cerrar los ojos, sabedora de lo estaba por venir. Un crujido de huesos, sangre, dolor… Pero no fue eso lo que ocurrió. En su lugar, una risa maravillosa lo inundó todo. El sonido más fascinante que había escuchado. Abrí los ojos y me encontré con los suyos. Me miraban sonriendo. Con una mirada limpia, dulce e inocente. ¿Cómo expresar lo que sentí? De entre todas las piedras que había alrededor, incluida la más grande de cuantas existían, aquella pequeña me había escogido a mí. Dos seres pequeños a lomos de un mundo inmenso.

En ese momento, una mujer mayor se nos acercó. Supuse que se trataba de su madre. La niña le tendió las manos en forma de cuenco, conmigo en su interior. La mujer me miró, sonrió y, con su mano derecha, revolvió el pelo de su hija, que respondió con otra risa vivaz.

—Sí que es bonita, hija.

Hacía demasiado tiempo que no reparaba en mí misma. ¿Tendrían razón con tal afirmación? Me miré en profundidad. Los años que había pasado a merced de las aguas me habían cambiado radicalmente. Mi superficie estaba completamente pulida. Suave y aterciopelada, con vetas jaspeadas en tonalidades rojizas como pequeñas lenguas de fuego. ¿De verdad esa era yo? De repente, me descubrí sonriendo de una manera que creía olvidada.

Y, al momento, el mundo se oscureció. La niña había cerrado el puño, con delicadeza, sin producirme el más mínimo dolor. Escuché pasos que sonaban a despedida y, entonces, supe al instante que mis días en aquellas montañas tocaban a su fin. Mientras nos marchábamos, traté de echar la vista atrás. Entre los dedos de la niña, pequeñas rendijas de luz que se filtraban, me permitieron apreciar vagamente aquel mastodonte que me había impresionado hacía breves instantes. Era la última visión del mundo inerte que abandonaba, en mi futuro, la esperanza de lo nuevo. Le dije adiós a aquel ser rudimentario y gigantesco y me dejé ir.

Bajamos por una vereda poco escarpada que terminaba en un recinto extraño, repleto de misteriosos animales estáticos de pezuñas redondeadas. La niña, la madre y yo nos montamos en uno de ellos y la bestia protestó con un sonido ronco y extravagante. Nos movimos. Afortunadamente, la niña ya había abierto la mano, lo que me permitió ver mucho mejor. Ella iba atenta al exterior, mirando a través de un material translúcido que no supe definir con precisión. La imité. Fuera, las copas de los árboles se sucedían a toda velocidad. Sentí vértigo. Miré de nuevo a la niña. Ella parecía disfrutar, así que traté de relajarme.

El exótico viaje duró un buen rato. Hasta que aquel animal empezó a cansarse. Aminoró la velocidad y pude volver a mirar al mundo sin sentir náuseas. El paisaje había cambiado por completo. Galopábamos sobre un camino pedregoso, singularmente organizado, que producía un melódico traqueteo. A ambos lados de la senda, el terreno estaba salpicado de extrañas estructuras de las que entraban y salían humanos. Algunas estaban construidas con piedra, otras con ladrillo. Algunas estaban unidas entre sí, otras eran espaciosas, con un campo salpicado de hierba, árboles frondosos y plantas multicolores a su alrededor.

<<¡Qué maravilloso bosque humano!>>.

Estaba perpleja. Todo cuanto veía era distinto a todo cuanto creía. Naturaleza cincelada a base de roca, fuerza y tiempo.

Nos detuvimos. La niña saltó afuera de aquel ser con agilidad. Frente a mí, emergió la estructura más grande que había visto jamás. Mucho mayor que el canto rodado que minutos antes me había usurpado el ánimo. Se trataba de una formación cilíndrica, con una gran cúpula en su cúspide. No me aventuré a predecir su función, pero tenía que servir para algo espectacular. Muchos humanos estaban congregados en su interior, entrando y saliendo de pequeñas cuevas alrededor de su perímetro. Parecían felices y dicharacheros. Me alegré por ellos. Seguía confundida, pero sentí un impulso irrefrenable de acercarme para verlos mejor. Era la primera vez que me encontraba ante más de tres personas juntas. Pero no pudo ser. En su lugar, la madre nos condujo a una cueva amplia, justo enfrente de esa construcción. Oí a la niña llamarla “casa” y registré el dato en mi memoria. Casa. Cueva. Santuario. ¿Cuál era el mío? ¿A qué sitio pertenecía de verdad? Yo era hija de la Tierra. Había nacido de sus mismas entrañas y, como tal, ningún sitio podía llamarlo como propio.

Una vez dentro, la niña me llevó a una estancia y me depositó con dulzura encima de una mesa. En la habitación había representaciones de su rostro por las paredes, con juguetes esparcidos por doquier. Deduje que se trataba de su casa dentro de la casa. Su lugar especial.

Abrió un estuche y extrajo un trapo y una especie de palo negro. Con el trapo, limpió el polvo que aún se resistía a abandonar mi superficie. Al cabo de unos segundos estaba completamente reluciente. Después cogió el palo. Lo descabezó y dejó al aire una punta afilada de olor penetrante y de la que rezumaba una sustancia pegajosa. Me acercó la punta y garabateó algo sobre mí. El utensilio me hizo cosquillas, traté de resistir la tentación de reírme a carcajadas, pero era imposible. Afortunadamente, acabó pronto. Con una mueca de satisfacción, la niña anunció que el trabajo estaba terminado.

—¡Ya está, mamá! —gritó—. Le he puesto Ana.

Ana. Mi nombre. El suyo. Ya no era una simple piedra. Era algo. Lo era todo.

Ana me cogió en brazos y, mediante un suave soplido, secó la tinta que aún estaba húmeda, impregnando de sentido cada poro de mi piel. Entonces desperté y, por primera vez en mi vida, fui plenamente consciente del mundo que se abría ante mí.

Paseé la vista por la habitación. Su habitación. Me fijé en la cama y en los peluches que descansaban sobre el esponjoso edredón de plumas perfectamente dispuesto. Me fijé en el divertido papel pintado de la pared que representaba a unos coloridos personajes de dibujos animados. Miré por la ventana, que daba a la plaza de toros, en la que los vecinos seguían bebiendo y comiendo, llenando de anécdotas cada rincón de la calle. Y miré más allá.  A las casas, al pueblo en general y a las montañas perennes de las que había partido y que se intuían a lo lejos, entre las chimeneas humeantes y el calor de las historias que aún me quedaban por vivir. Y todo me pareció maravilloso.

Entonces volví a mirar dentro. A Ana, que me sonreía y apuntaba con sus ojos a una pequeña cajita de madera tallada que reposaba sobre el alfeizar de la ventana. La cogió y la acercó hasta la mesa. Le devolví la sonrisa sabiendo para qué era. Para quién era. Tenía unas letras escritas con la misma caligrafía con las que me había insuflado de vida y que lucían así: “Moralzarzal”

Mi casa. Mi cueva. Mi santuario.

FIN

  • Puedes descargar el relato Historia de una piedra aquí
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Categorías:Relatos

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